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"Visiones de la Iglesia en el Apocalipsis"
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1. El Candelabro

…y los siete candeleros que has visto son las siete iglesias. Apocalipsis 1:20

El Apocalipsis es la revelación de JesuCristo. Conocemos mejor al Señor cuando leemos con cuidado el texto. De la misma manera, el Apocalipsis también es la revelación de la iglesia. Conocemos mejor la identidad y la misión de la iglesia cuando leemos con cuidado estos textos. Por eso comenzamos hoy una serie de sermones sobre las imágenes de la iglesia en el Apocalipsis. La Biblia nos dice Quién es Dios y también nos dice quiénes somos nosotros. La primera imagen que tratamos es la del candelabro. El Señor nos dice que las iglesias son candelabros.

La fuente

Lo primero que aprendemos de la imagen del candelabro es que no brilla con luz propia. Tiene que ser iluminado desde afuera. La iglesia no brilla con luz propia. Es la gloria de Dios la que brilla en la iglesia. Cuando celebramos la bendición de estar en una iglesia no es por la gente misma ni por el edificio, ni por los programas ni por nada propio de la iglesia sino porque Dios brilla ahí.

Las iglesias no deben concentrarse en sí mismas, promoverse a sí mismas, proclamar la gloria de sí mismas, sino concentrarse en Dios. La luz con la que brillan viene de Dios. Es la luz de Cristo que alegra e ilumina.

La misión

La luz realiza dos tipos de trabajo entre nosotros. Primero es lo que nos permite ver los colores de la vida. La luz de Dios en la iglesia nos permite disfrutar la belleza presente en todo lo que Dios ha hecho. Es la dimensión estética de nuestra misión. Acercarse a la iglesia debe hacer a la gente disfrutar más la vida. No puede ser que quien se acerca a la iglesia se haga más severo, más amargado, más complicado. Tener la luz de Dios en la vida es ser más alegre, disfrutar más la belleza, la buena comida, la buena bebida, la buena música, las buenas amistades y conversaciones, lo bello y lo simple de los colores de la vida que podemos disfrutar con la luz de Dios.

Además, la luz nos permite ver los baches del camino, los obstáculos que podemos encontrar al caminar. Nos ayuda para no lastimarnos por la vida. Es la dimensión ética de nuestra misión. Acercarse a la iglesia debe hacer a la gente discernir los asuntos éticos de la vida. No puede ser que alguien que está en contacto con la luz de Dios caiga en errores morales. La luz sirve precisamente para evitar los baches, para cuidarnos de no lastimarnos. Los mandamientos de Dios son para nuestro propio beneficio. Dios no nos da sus mandamientos para amargarnos la vida, sino para que no nos hagamos daño al caminar.

El riesgo

El Señor anuncia a la iglesia de Éfeso que está a punto de ir a quitar su candelabro de ahí. La razón es porque aunque son una iglesia muy trabajadora, y con mucho cuidado en su doctrina, han olvidado que primero es el amor. Cuando la iglesia olvida el amor está en riesgo de perder el candelabro. Está en riesgo de ser una asociación religiosa que solo produce gente gris, sin vida ni alegría, que trabaja mucho pero no ama, que cuida mucho su doctrina pero no sabe amar.

Con mucho dolor nos preguntamos si Dios acaso no ha quitado su candelabro de la iglesia evangélica de nuestro pueblo… Cuando vemos los temas que se tratan en los programas televisados nos duele el corazón por la falta de atención a las necesidades de la gente, por el interés en la auto-promoción y la vanagloria. Que Dios nos perdone y nos permita volver a brillar plenamente con la luz de Cristo.

No podemos pretender que el candelabro permanecerá para siempre entre nosotros. Hemos de estar siempre alertas de no olvidar que el amor es primero en todas las cosas que hagamos en la iglesia. Y cuando estemos yendo por esas veredas peligrosas del activismo, el fariseísmo y el énfasis en las doctrinas antes que en el carácter, entonces recordemos que el candelabro es de Dios, y que puede llegar a quitarlo de entre nosotros, para dejar de ser iglesia y convertirnos sólo en un club de admiradores de Jesús. Arrepintámonos inmediatamente y busquemos poner al amor en primer lugar.

Esto quiere decir que la iglesia es un don de Dios, y no se hace presente porque hayamos logrado tener una cierta estructura organizativa humana, o la presencia de algún líder prelado súper espiritual o dotado de mucha autoridad eclesiástica. Es un candelabro que Dios coloca cuando entre nosotros lo primero es el amor. Y de la misma manera que Dios tiene la libertad de colocarlo entre nosotros, así también tiene la libertad de quitarlo de entre nosotros.

El desafío

El capítulo 62 del libro del profeta Isaías comienza con un compromiso serio para dedicar todas las fuerzas a una causa: Que salga como resplandor la justicia del pueblo de Dios y su salvación se encienda como una antorcha. Es un compromiso de amor por el pueblo de Dios. No callaré y no descansaré.

Se trata de responder a un desafío: Consagrar la vida entera por amor a la iglesia hasta que se note el brillo del candelabro, como un resplandor, como una antorcha. Sabemos que la iglesia vale la pena. Sabemos que hay una luz que viene de Dios. También sabemos que hay manchas que opacan su brillo. Pero queremos responder al desafío de hacer brillar a la iglesia con toda su fuerza. Que no se esconda su luz. Que todo lo bueno que viene de Dios por medio de la iglesia se manifieste en nuestro pueblo: La alegría, la belleza, la corrección, la justicia, la santidad, la salvación, la vida abundante.

No es sólo una vela

Un candelabro no está hecho de una sola vela. Es un conjunto de velas que suman su brillo entre todas. De la misma manera en la iglesia no se trata de una sola persona brillando con la luz de Dios. No es solamente el pastor quien debe brillar. Hay múltiples resplandores, muchas velas encendidas haciendo entre todos un candelabro luminoso. Necesitamos pedir a Dios que nos de su luz, que nos encienda, para poder sumarnos al resplandor que sale de esta iglesia. Y que el Señor nos permita cumplir con nuestra misión de ser su candelabro en este barrio y en esta ciudad. Amén. pastor joel+


2. 143,999 y Yo

Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel. Apocalipsis 7:4

Especialmente en este asunto de los ciento cuarenta y cuatro mil se necesita utilizar lo que el hermano Stam llama “el borrador”, para quitar de nuestra mente las interpretaciones erróneas y que nos han estorbado para apreciar y recibir esta imagen de la iglesia. La iglesia militante que lleva el sello de Dios en el mundo, representada por una cifra simbólica: ciento cuarenta y tres mil novecientos noventa y nueve y yo.

¿Quiénes son?

Para poder entender la primera parte de Apocalipsis 7 necesitamos al profeta Ezequiel, capítulo 9. Los mismos elementos aparecen ahí. Dios está a punto de realizar un juicio terrible sobre la tierra, pero instruye a los seis verdugos a que vayan después de un escriba que anota una señal en la frente de quienes giman y clamen por la injusticia y la violencia de la ciudad. En la traducción latina del texto dice que la señal que pone el escriba es una letra “tau”, la última del alfabeto hebreo, parecida a una cruz, o a la T mayúscula.

En Apocalipsis son cuatro ángeles listos a ejecutar un juicio divino, pero primero deben dejar que sean sellados los siervos de nuestro Dios. La lista que se presenta de las doce tribus es muy peculiar. No aparece la tribu de Dan, la tribu de José nunca se identificó como tal, ya que del patriarca José vienen dos tribus, Manasés y Efraín. Esto nos hace pensar que la lista no debe tomarse literalmente. Es una representación del pueblo de Dios listo para la batalla.

No se trata aquí de judíos puesto que los judíos son descendientes de pocas tribus: Judá y Benjamín (más los levitas y simeonitas que fueron asimilados a Judá). Además todo el Nuevo Testamento da testimonio de la naturaleza espiritual del pueblo de Dios. Dios sólo tiene un pueblo, y es suyo por la fe y no por la raza. En Apocalipsis la identidad judía es re-interpretada (2:9; 3:9). Los verdaderos judíos no pertenecen a una raza. Según Gálatas 4:28 quienes creemos en Cristo somos hijos de Abraham, hijos de la promesa, como Isaac, quien nació por la gracia de Dios, y no por la poquísima potencia de dos ancianos estériles. En Cristo no valen las distinciones para establecer jerarquías de razas, géneros o posiciones sociales. Gálatas 3:28 y 29 dice: No hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.

Quienes creemos en Cristo hemos sido sellados por Dios con el Espíritu Santo (Efesios 1:13). El sello de Dios es el Espíritu Santo en nuestra vida, dándonos identidad de pertenencia, conciencia y servicio.

El número 144,000 no debe tomarse literalmente. El número 12 representa “pueblo” en la Biblia. Hay doce hijos de Israel, y 12 apóstoles de Cristo. El número 10 representa “mucho”, y multiplicado tres veces por 10 significa muchísimo pueblo de Dios. Las cantidades aportadas por cada tribu dan la idea de la cuota requerida para una batalla. Se trata del pueblo de Dios enlistado para confrontar a sus enemigos sobre la tierra. Es la iglesia en lucha, la iglesia militante.

¿Qué implica el sello?

Hasta aquí pudiéramos llegar y decir: Bueno, ya está más claro. ¡Qué bien! Sin embargo, lo que significa el sello nos confronta con un desafío tremendo:

Es pertenencia. Tener el sello de Dios implica que somos propiedad Suya. No podemos regirnos por otros poderes extraños, como la fuerza del dinero, del qué dirán, de la búsqueda egoísta del placer, etcétera. Somos de Dios y no podemos andar como si no tuviéramos dueño. En esta batalla que libramos en el mundo es crucial identificar de qué lado estamos. Pertenecemos al lado de la rectitud, de la paz, de las cosas como deben de ser, tenemos el sello de Dios.

Es conciencia. El texto de Ezequiel lo aclara: El sello es para quienes gimen y claman por la injusticia y la violencia de la ciudad. Tener el sello de Dios implica tener viva la conciencia de lo que no está bien en nuestro pueblo. Hay muerte, hay violencia, hay impunidad, hay injusticia. Los que tenemos el sello de Dios clamamos y alzamos la voz para articular una denuncia. Si no podemos articularla, por lo menos podemos llorar con el llanto bienaventurado del que hablaba Jesús. Al llorar por una injusticia estamos realizando un acto profético que indica que Dios no quiere que sean así las cosas.

En esta batalla que estamos librando en el mundo, el sello de Dios nos identifica como los que tienen conciencia y esa conciencia no les permite estar tranquilos ante tanta injusticia.

Es servicio humilde. Además tener el sello de Dios nos marca como un pueblo de siervos y siervas. La “tau” es la última letra del alfabeto hebreo. No somos marcados con un premio como sería la letra “alef” (la primera) sino con la “tau”, la última, para recordarnos la identidad de siervos y siervas. Hemos de considerar a todos los demás como primeros, y ponernos a nosotros como últimos, como la Tau.

Ser sellados por Dios no es para sentirnos los superiores, los mejores, los dominantes. Antes al contrario, ser sellados implica identificarnos con lo último, lo humilde, lo de los sirvientes de los demás. En esta batalla que libramos hoy, el sello que nos marca como siervos y siervas es la mejor arma para el combate. Por medio de los actos sencillos y profundos de servicio mutuo vamos aplicando la victoria del Cordero en todos los ámbitos de la vida. Son los gestos de servicio mutuo que nos hacen victoriosos sobre el enemigo de nuestras almas.

¿Cómo son esos sellados de Dios? Tienen una identidad definida de pertenecerle a Dios, tienen una conciencia desarrollada y madura para gemir y clamar ante la injusticia, y demuestran una lealtad en el servicio mutuo, como si su vida estuviera estructurada alrededor de servirse unos a otros.

La historia del escritor afgano Khaled Hosseini llamada “Cometas en el cielo” nos muestra a un niño que tiene mucha lealtad hacia su amigo. Le dice al final de un torneo de cometas en el que tienen que cortar la cuerda del otro cometa para vencerlo: “¿Voy a recoger el cometa que venciste?” Su amigo le dice que sí. “Por ti, lo hago una y mil veces”. Esa es la marca de la Tau en la frente. Nos decimos unos a otros, querido hermano, querida hermana, por ti, una y mil veces te sirvo. Amén. pastor joel+


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