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2. 143,999
y Yo
Y
oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro
mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel. Apocalipsis
7:4
Especialmente
en este asunto de los ciento cuarenta y cuatro mil se necesita
utilizar lo que el hermano Stam llama “el borrador”, para quitar
de nuestra mente las interpretaciones erróneas y que nos han
estorbado para apreciar y recibir esta imagen de la iglesia. La
iglesia militante que lleva el sello de Dios en el mundo,
representada por una cifra simbólica: ciento cuarenta y tres
mil novecientos noventa y nueve y yo.
¿Quiénes
son?
Para
poder entender la primera parte de Apocalipsis 7 necesitamos al
profeta Ezequiel, capítulo 9. Los mismos elementos aparecen
ahí. Dios está a punto de realizar un juicio terrible
sobre la tierra, pero instruye a los seis verdugos a que vayan
después de un escriba que anota una señal en la frente
de quienes giman y clamen por la injusticia y la violencia de la
ciudad. En la traducción latina del texto dice que la señal
que pone el escriba es una letra “tau”, la última del
alfabeto hebreo, parecida a una cruz, o a la T mayúscula.
En
Apocalipsis son cuatro ángeles listos a ejecutar un juicio
divino, pero primero deben dejar que sean sellados los siervos de
nuestro Dios. La lista que se presenta de las doce tribus es muy
peculiar. No aparece la tribu de Dan, la tribu de José nunca
se identificó como tal, ya que del patriarca José
vienen dos tribus, Manasés y Efraín. Esto nos hace
pensar que la lista no debe tomarse literalmente. Es una
representación del pueblo de Dios listo para la batalla.
No
se trata aquí de judíos puesto que los judíos
son descendientes de pocas tribus: Judá y Benjamín (más
los levitas y simeonitas que fueron asimilados a Judá). Además
todo el Nuevo Testamento da testimonio de la naturaleza espiritual
del pueblo de Dios. Dios sólo tiene un pueblo, y es suyo por
la fe y no por la raza. En Apocalipsis la identidad judía es
re-interpretada (2:9; 3:9). Los verdaderos judíos no
pertenecen a una raza. Según Gálatas 4:28 quienes
creemos en Cristo somos hijos de Abraham, hijos de la promesa, como
Isaac, quien nació por la gracia de Dios, y no por la
poquísima potencia de dos ancianos estériles. En Cristo
no valen las distinciones para establecer jerarquías de razas,
géneros o posiciones sociales. Gálatas 3:28 y 29 dice:
No hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni
mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si
sois de Cristo, ciertamente
linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.
Quienes
creemos en Cristo hemos sido sellados por Dios con el Espíritu
Santo (Efesios 1:13). El sello de Dios es el Espíritu Santo en
nuestra vida, dándonos identidad de pertenencia, conciencia y
servicio.
El
número 144,000 no debe tomarse literalmente. El número
12 representa “pueblo” en la Biblia. Hay doce hijos de Israel, y
12 apóstoles de Cristo. El número 10 representa
“mucho”, y multiplicado tres veces por 10 significa muchísimo
pueblo de Dios. Las cantidades aportadas por cada tribu dan la idea
de la cuota requerida para una batalla. Se trata del pueblo de Dios
enlistado para confrontar a sus enemigos sobre la tierra. Es la
iglesia en lucha, la iglesia militante.
¿Qué
implica el sello?
Hasta
aquí pudiéramos llegar y decir: Bueno, ya está
más claro. ¡Qué bien! Sin embargo, lo que
significa el sello nos confronta con un desafío tremendo:
Es
pertenencia.
Tener el sello de Dios implica que somos propiedad Suya. No podemos
regirnos por otros poderes extraños, como la fuerza del
dinero, del qué dirán, de la búsqueda egoísta
del placer, etcétera. Somos de Dios y no podemos andar como
si no tuviéramos dueño. En esta batalla que libramos en
el mundo es crucial identificar de qué lado estamos.
Pertenecemos al lado de la rectitud, de la paz, de las cosas como
deben de ser, tenemos el sello de Dios.
Es
conciencia.
El texto de Ezequiel lo aclara: El sello es para quienes gimen y
claman por la injusticia y la violencia de la ciudad. Tener el sello
de Dios implica tener viva la conciencia de lo que no está
bien en nuestro pueblo. Hay muerte, hay violencia, hay impunidad, hay
injusticia. Los que tenemos el sello de Dios clamamos y alzamos la
voz para articular una denuncia. Si no podemos articularla, por lo
menos podemos llorar con el llanto bienaventurado del que hablaba
Jesús. Al llorar por una injusticia estamos realizando un acto
profético que indica que Dios no quiere que sean así
las cosas.
En
esta batalla que estamos librando en el mundo, el sello de Dios nos
identifica como los que tienen conciencia y esa conciencia no les
permite estar tranquilos ante tanta injusticia.
Es
servicio humilde.
Además tener el sello de Dios nos marca como un pueblo de
siervos y siervas. La “tau” es la última letra del
alfabeto hebreo. No somos marcados con un premio como sería la
letra “alef” (la primera) sino con la “tau”, la última,
para recordarnos la identidad de siervos y siervas. Hemos de
considerar a todos los demás como primeros, y ponernos a
nosotros como últimos, como la Tau.
Ser
sellados por Dios no es para sentirnos los superiores, los mejores,
los dominantes. Antes al contrario, ser sellados implica
identificarnos con lo último, lo humilde, lo de los sirvientes
de los demás. En esta batalla que libramos hoy, el sello que
nos marca como siervos y siervas es la mejor arma para el combate.
Por medio de los actos sencillos y profundos de servicio mutuo vamos
aplicando la victoria del Cordero en todos los ámbitos de la
vida. Son los gestos de servicio mutuo que nos hacen victoriosos
sobre el enemigo de nuestras almas.
¿Cómo
son esos sellados de Dios? Tienen una identidad definida de
pertenecerle a Dios, tienen una conciencia desarrollada y madura para
gemir y clamar ante la injusticia, y demuestran una lealtad en el
servicio mutuo, como si su vida estuviera estructurada alrededor de
servirse unos a otros.
La
historia del escritor afgano Khaled Hosseini llamada “Cometas en el
cielo” nos muestra a un niño que tiene mucha lealtad hacia
su amigo. Le dice al final de un torneo de cometas en el que tienen
que cortar la cuerda del otro cometa para vencerlo: “¿Voy a
recoger el cometa que venciste?” Su amigo le dice que sí.
“Por ti, lo hago una y mil veces”. Esa es la marca de la Tau en
la frente. Nos decimos unos a otros, querido hermano, querida
hermana, por ti, una y mil veces te sirvo. Amén. pastor
joel+
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