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La Iglesia que queremos...
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"Nuestra declaración de propósitos"

La misión de la iglesia militante se debe entender como la interacción de cinco sistemas que trabajan simultáneamente para que el cuerpo de Cristo esté sano. Los cinco sistemas son también cinco ministerios especiales de la iglesia: La adoración, la comunión, la enseñanza, la evangelización, y el servicio.

Estas cinco actividades se realizan dentro del ritmo que, a la manera de un corazón, mantiene viva a la iglesia: la reunión, y la dispersión. Todas las funciones de la iglesia pueden verse así, en dos tiempos. Sin embargo, hay tres que realizamos más conscientemente al estar reunidos: la adoración, la comunión y la enseñanza; y dos que corresponden de manera más natural al estar dispersos: la evangelización y el servicio. 

Así, en cada una de estas funciones de la iglesia, hemos de detenernos a pensar por un momento en la clase de iglesia que queremos ser, una humilde contribución a la renovación de la iglesia cristiana para un nuevo siglo. Este escrito tiene dos naturalezas. Por un lado, prescribe lo que creemos que la iglesia debe ser; y por otro lado, describe lo que ya hemos experimentado en nuestra comunidad cristiana Yiré. Así, prescribiendo y describiendo, las dos naturalezas se trenzan en una sola declaración de propósitos que dibuja el perfil de nuestro proyecto de iglesia. Mt. 22:37-39; 28:18-20


La Adoración

Creemos que adorar es sumamente importante para la sana maduración cristiana. Nosotros necesitamos expresar nuestra devoción más de lo que Dios la “necesita” recibir. El corazón humano sana cuando canta libre y fervientemente en comunidad. Nuestras voces unidas nos recuerdan las grandes verdades que creemos y vivimos, y al adorar juntos a Dios proclamamos que nuestras vidas pertenecen al reino de la luz, y no a los ídolos del siglo presente.

Queremos una iglesia que adore a su Señor el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en libertad. La atmósfera de nuestra adoración será libre para poder expresar nuestra respuesta al amor de Dios con los recursos que tenemos a la mano. Queremos abrir un espacio para que todos y todas podamos contribuir con nuestras propias experiencias y con nuestras propias palabras para construir juntos el encuentro a la luz de la Palabra de Dios. No queremos ofrecer un espectáculo para que espectadores pasivos vengan a ver, sino que deseamos vivir nuestros encuentros con más sinceridad y transparencia humana.

Queremos utilizar nuestro propio lenguaje, en el sentido lingüístico, musical, lírico, y vivencial para adorar al Dios que se hizo carne y habitó entre nosotros. Deseamos que nuestros encuentros sean nuevos, y renovadores, para que no hagamos imágenes fijas de Dios. De manera que no rechazaremos recursos litúrgicos nuevos sólo por ser nuevos, sino que los examinaremos con discernimiento para poder utilizarlos en nuestra propia situación y contexto. Del mismo modo, como signo de madurez, apreciaremos y tendremos en gran estima los recursos antiguos que han sido probados por generaciones pasadas de cristianos.

Queremos que nuestra adoración no nos aísle de la realidad de dolor que hay en el mundo, sino al contrario, que el encuentro de adoración nos comprometa a poner en práctica la eficacia de nuestra confesión aun más, convencidos que el horizonte de Dios es mucho más grande que nuestra iglesia.

            Queremos que al encontrarnos con Dios, también nos encontremos con nosotros mismos, y con nuestros prójimos. De esa manera, iremos al culto evitando la actitud de ignorar a los otros. Venimos juntos como pueblo, a expresar a Dios nuestro amor y confianza. Nuestra adoración es también indicador de nuestra comunión unos con otros.

Estos criterios regirán todas nuestras prácticas y nuestros actos de adoración comunitaria. Las ofrendas serán expresión de nuestra devoción y fe. Los diezmos serán fruto del ministerio del Espíritu Santo en la vida de cada creyente, compromiso espiritual de cada quien, y convicción de quienes han alcanzado madurez en el Evangelio. No serán pago exigible o cuota de membresía. Estamos conscientes que podemos llegar a dar ofrendas o diezmos con ánimo forzado o triste, y le pedimos a Dios que nos libre de ese mal, porque Dios ama al dador alegre.

En las ordenanzas de la iglesia también procuraremos vivir bajo estos criterios rectores. El bautismo será siempre expresión pública de fe en JesuCristo como único y suficiente Salvador, y nunca trámite burocrático de filiación denominacional. Quien se bautiza tiene el gozo de manifestar que está injertado al tronco de Cristo, que es más grande que nuestra congregación local. Reconoceremos el bautismo de otros cristianos que haya sido realizado por inmersión, como testimonio de fe en JesuCristo, y en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. La Cena del Señor es el símbolo más sagrado de nuestra fe. No pertenece exclusivamente a la iglesia local, sino que es expresión de nuestra dependencia de JesuCristo, junto con todos los demás cristianos. Por eso celebraremos la mesa del Señor con espíritu alegre y humilde, abierto y afirmativo. 1 Ped. 2:9; Jn. 1:14; 1 Tes. 5:21; 2 Cor. 9:7; Mt. 28:19; Ro. 6:4; 1 Cor. 11:26

La Comunión

Queremos ser una familia espiritual de amor, sensible a las diferentes necesidades humanas, y que no se queda con las manos quietas frente a esas necesidades. Una comunidad en donde son bienvenidos los peregrinos de la vida.
Queremos construir una comunidad de fe madura, que sea transparente, sin hacer distinciones de género, raza, o clase social. Entre nosotros, todos y todas deben sentirse en casa, y encontrar un lugar en donde pueden responder plenamente a las vocaciones divinas.

Trabajaremos para ser una congregación de mente abierta, que ha dejado atrás la ingenuidad, que sabe que la vida no es fácil, y que no se asusta ante las realidades difíciles de sufrimiento y tragedia humanas. Practicaremos las actitudes de Jesús ante el dolor propio y ajeno. Queremos que nuestra comunión sea sincera y auténtica. Nos protegeremos unos a otros de los destructivos chismes, y seremos guardianes de nuestros hermanos y hermanas, deteniendo las murmuraciones y usando nuestras palabras para afirmarnos y animarnos mutuamente. Estaremos dispuestos a trabajar en la resolución de conflictos, creciendo en la práctica de la escucha con empatía, y teniendo siempre al otro en gran estima como hijo o hija de Dios. Nunca incubaremos divisiones internas, ni dejaremos crecer las sospechas sobre las motivaciones de los otros. Nos abstendremos de formar grupos antagónicos y alianzas de poder e influencia. Detendremos y abatiremos al espíritu de separación egoísta que socava la solidaridad. Confiamos que por el poder del Espíritu Santo, es posible vivir la comunidad en esta dimensión de santidad.

Además, viviremos nuestra comunión como la expresión del reinado de Dios en nuestras vidas, de manera que sea verdaderamente una comunión sagrada. Esto implica poner atención diligente a exhortarnos e invitarnos mutuamente a la santidad. En nuestra disciplina, nos ocuparemos de ser más restauradores que juzgadores. Usaremos el modelo bíblico de confrontar con la ternura de Cristo las faltas a la comunión, y orar para que el Espíritu dirija nuestra senda.

Trataremos de no cerrar las puertas de nuestra iglesia como medida de disciplina, mas sí recomendaremos a quienes no estén en paz con nuestra comunión, a que encuentren un lugar en donde puedan desarrollarse y responder a la llamada de Dios, sin que hagan daño a la comunidad. Intentaremos ser prudentes a la hora de elegir liderazgo, para no dar pie a la destrucción de la comunión. La comisión diaconal se distingue por su vocación de servicio, y no de poder. Para ser parte de esa comisión, se deben cubrir tres aspectos: la voluntad de responder a la vocación divina de servicio, la capacitación pastoral para realizar la tarea de ser siervo, y el reconocimiento de la congregación, que cada año los identificará como llamados por Dios para servir. Junto con el pastor desempeñarán las funciones pastorales de modelar la vida y la comunión cristianas, y de encargarse de implementar nuestra disciplina comunitaria. Los líderes de la iglesia velarán en amor unos por otros como verdaderos pastores mutuos. Escucharán las voces de la congregación y atenderán diligentemente las necesidades que se presenten, según sus posibilidades.

Valoraremos nuestra comunión como un gran tesoro, pues es el contexto real en el que podemos vivir las dimensiones de justicia y paz que identifican la salvación que hemos hallado en JesuCristo. Por eso fortaleceremos nuestra unión con el amor, cemento de paz que resistirá los embates internos y externos que contra nuestra comunión se quieran levantar. Estos serán nuestros criterios de inclusión en la comunión de Jireh.

Reconocemos que la comunión se vive mucho más allá de nuestras reuniones y cultos. Sin embargo buscaremos que también se manifieste durante nuestros encuentros de adoración. Haremos lo posible por tener una liturgia inclusiva, sin distinciones. Especialmente durante la celebración del símbolo más sagrado de nuestra fe, la Cena del Señor, nos ocuparemos en expresar más vivamente estas convicciones inclusivas e incluyentes. Heb. 13:3; Gá. 3:28; Stg. 5:11; 1 Cor. 1:10; Stg. 4:11-12; 5:9,11,20; 1 Tim. 3:8-13; Heb. 10:25

La Enseñanza


Queremos ser guardianes de la Palabra que hemos recibido, así como también intérpretes que aplican los pensamientos eternos a las realidades de nuestro contexto. Para eso necesitamos conocer tanto los textos sagrados de nuestra fe cristiana, como también los indicadores históricos y coyunturales de la realidad en que vivimos

Trataremos de buscar modelos de enseñanza más apegados a los ejemplos de JesuCristo. Sencillez y profundidad, pertinencia y desafío, conversión y camino de santidad serán marcas de nuestro trabajo didáctico.

Valoraremos la riqueza de las varias tradiciones del cristianismo. La Palabra de Dios no salió de nosotros, ni solamente a nosotros ha llegado. Trataremos de contribuir humildemente al concierto de voces cristianas que suenan a lo largo y ancho del mundo, y que han sonado durante los siglos de nuestra historia.

Reconoceremos la importancia que la Palabra Viva puede tener para las distintas etapas de la vida. Escucharemos atentamente lo que los niños y niñas, jóvenes y adolescentes tengan que decir respecto a su propio encuentro con Dios y al desarrollo de su fe. Hay riqueza en las interpretaciones diversas según nuestro momento de la vida. Así que estaremos atentos. Reconoceremos la diversidad de lecturas que se pueden hacer de la Biblia, según desde qué lugar se hace la interpretación, y nos escucharemos mutuamente con respeto. Seremos cuidadosos de conocer el contexto de las palabras sagradas, para no usar un texto sin su contexto, como pretexto para nuestras propias intenciones.

Buscaremos que nuestra enseñanza tenga primordialmente una motivación misionera. Por lo tanto, no puede mantenerse en la burbuja aislada de quien ve a los demás y no permite ser visto; analiza sin querer ser analizado, juzga sin querer ser juzgado. El saber cristiano se debe poner lado a lado con el saber secular, ser fertilizado por él, ser influenciado, y hacer intersección con él. Así que hay que aprender del discurso secular, y no solamente tener una actitud de enseñar. De esa manera fomentaremos un diálogo entre el Evangelio y las ciencias humanas, y entre el Evangelio y la vida, para presentar un testimonio fiel del Señor Resucitado. 

Buscaremos que nuestra enseñanza sea pertinente a las necesidades que nos rodean, dinámica, creativa, y más adecuada a las situaciones reales de nuestra vida. Es decir, buscaremos aplicar las verdades espirituales a los aspectos prácticos de la vida. No nos angustiaremos en la búsqueda de diseños curriculares de gran sofisticación y estructura. Así como tampoco seremos negligentes en nuestra tarea de enseñar todo lo que JesuCristo significa para nosotros hoy. Aprovecharemos las oportunidades de aprender unos de otros, y nos constituiremos en una Comunidad de Aprendizaje que buscará distintas opciones de formación teológica, como los círculos de lectura, talleres, cursos, simposios, congresos, medios masivos de comunicación, y demás oportunidades de aprender y compartir lo aprendido. 1 Tim. 3:16; Hch. 17:16-34; 2 Tim. 2:15; Mt. 28:20; Ap. 1:3


La Evangelización

Queremos ser testigos fieles de que JesuCristo vive hoy, y que su amor alcanza a sanar todas las dolencias humanas. El Evangelio de Dios son Buenas Nuevas para todo el pueblo, y no mensaje rencoroso de odio en contra de la humanidad. Nos comprometemos a orar sin cesar pidiéndole al Señor que sustente el testimonio que alrededor del mundo damos los cristianos.

Reconocemos que las Buenas Noticias de Dios pueden aplicarse de diferentes maneras según las diferentes necesidades que como seres humanos tenemos. Queremos ser sensibles a la diversidad de situaciones humanas a las cuales se aplica el bendito Evangelio; reconocerlas, y discernir la manera de comunicar más nítidamente con palabras, hechos y actitudes la Buena Nueva de la salvación. También reconocemos que entre nosotros hay diferentes maneras de responder públicamente al llamado de Dios. No todos hemos de pasar por la misma experiencia idéntica de conversión. No reduciremos el encuentro del ser humano con su Creador a simple burocracia religiosa.

Conscientes de nuestra debilidad y de nuestros errores, en actitud de humilde súplica al Señor, le pediremos que nos libere de nuestra actitud farisea de buscar con intenciones egoístas por cielo y tierra para lograr hacer un prosélito. No fomentaremos la competencia inmadura entre nosotros; no es un mejor cristiano aquel que hace prosélitos. Más bien, buscamos fomentar entre nosotros un sentimiento de humilde urgencia para comunicar a nuestro pueblo en dónde hemos hallado el pan que sacia toda hambre humana. Como grupo y como individuos, tendremos diariamente una actitud evangelizadora, pues queremos comunicar con todo nuestro ser las palabras de Vida, y el mensaje de reconciliación.

Creemos que el mensaje del Evangelio se transmite por medios muy diversos. Buscaremos ser creativos en las estrategias y actividades evangelizadoras. Las “campañas” pueden ser un instrumento que Dios usa; sin embargo, creemos que el Evangelio de la paz se comunica más claramente por medio de una comunidad que vive unida, y que ha experimentado la reconciliación de primera mano. De manera que la santidad de vida de los individuos y del grupo es un instrumento mucho más efectivo para evangelizar. La santidad se manifiesta en la fortaleza de nuestra unidad. Evangelizamos primordialmente por la clase de iglesia unida que somos. Una casa en orden atrae.

También estamos conscientes que el fin de la Evangelización es dar las Buenas Noticias, sin relación con la respuesta. No confundiremos los resultados numéricos con el éxito de nuestra evangelización. No usaremos técnicas de manipulación ni mercadeo para “vender” el evangelio. Seremos fieles en comunicar que Cristo vive, sin procurar la evaluación de nuestro trabajo en función a los números, sino más bien en función a nuestra fidelidad para comunicar una Palabra que no es nuestra, sino de Dios. Jn. 3:16-17; Mr. 16:15; Mt. 23:15; Ef. 6:20; 2 Rey. 7:9; Is. 52:7

El servicio

Queremos reflejar que JesuCristo vive en nosotros por medio de nuestra manera de vivir. El testimonio que damos es integral. Incluye nuestras acciones, nuestras palabras y nuestras actitudes.

Creemos que la misión cristiana no es solamente “ganar almas” para el más allá. También es atender a toda clase de necesidad con espíritu de amor en el nombre de JesuCristo. Es amar al prójimo como a uno mismo.

Hacia el interior de nuestra comunidad, viviremos permanentemente en la dimensión del servicio mutuo. Somos seguidores de un Señor que no vino para ser servido, sino para servir, y queremos aprender e imitar ese ejemplo con el poder del Espíritu Santo. Valoramos tanto el espíritu de servicio, que nuestro liderazgo llevará la marca fundamental del servicio en sus vidas.

Hacia el exterior de nuestra comunidad, no buscaremos dar ayuda a cambio de pertenecer a nuestra iglesia. Vemos el servicio como un fin en sí mismo cuando se trata del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, y que se desborda a los prójimos en necesidad.

Nos afirmaremos mutuamente para estimularnos al amor y a las buenas obras. Seremos sensibles para detectar lo que unos y otros podemos hacer en las tareas del servicio de amor.

Los dones y habilidades especiales de cada uno de nosotros estarán puestos al servicio de nuestra familia espiritual, mas no de manera exclusiva. Creemos que las bendiciones que Dios nos da son para compartirlas. Batallamos con lucha espiritual, dentro de nosotros mismos, contra la postura aislacionista, que en el fondo es una actitud egoísta y pecaminosa. Buscaremos formas de poner nuestros recursos también al servicio de la sociedad en la cual estamos viviendo.

Como iglesia creemos que es nuestra responsabilidad ofrecer un espacio de libertad para que aquellos de nosotros que tienen posibilidades de aliviar alguna necesidad de nuestro entorno, cuenten con nosotros. La congregación es tanto una plataforma de apoyo para proyectar su servicio hacia fuera, así como también un equipo de trabajo dispuesto a prestar ayuda en los distintos proyectos.

También queremos cuidarnos del peligro fariseo de buscar más las apariencias que el amor auténtico. Queremos realizar nuestro servicio de manera discreta y respetuosa, sin que sea instrumento propagandístico ni de vanagloria. “Que no sepa tu derecha lo que da tu izquierda”. 1 Jn. 3:18; Stg. 2:15-16; Lc. 22:26; Jn. 13:15-16; Mr. 9:35, Mt. 23:11; Heb. 10:24; Gá. 6:10; Mt. 6:3

En resumen, queremos ser una iglesia que vive su relación con Dios en el mundo, adorando al Señor con corazón sincero, teniendo una comunión transformadora entre nosotros, profundizando en la enseñanza que abre puertas, testificando fielmente que JesuCristo vive hoy, y volcándose, vaciándose en servicio, tal como nuestro Maestro JesuCristo lo ha hecho por la humanidad entera. Para este fin nos encomendamos al poder del Espíritu Santo, quien formará entre nosotros los rasgos de la Nueva Humanidad para la gloria de Dios.

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